Despegar

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En 1959, el escritor polaco de ciencia ficción Stanislaw Lem publica una nueva novela. La titula Edén. En ella se narra un viaje espacial tripulado en el que una nave se ve obligada a realizar un aterrizaje forzoso en el planeta Edén
La historia está ambientada en un futuro en el que la tecnología habría avanzado tanto como para permitir al ser humano realizar viajes por la galaxia, visitando planetas lejanísimos, con la ayuda de sofisticados robots. La civilización humana habría alcanzado un gran conocimiento del universo, ya que los protagonistas disponen de gran cantidad de información, no solo sobre el planeta en el que, inesperadamente, han tenido que aterrizar, sino también sobre otros lugares de la galaxia. Es decir,  que la humanidad, para emprender tal viaje, poseería conocimientos que aún no hemos alcanzado.
Lo chocante para un lector de nuestros días es que, cuando los tripulantes de la nave tienen que consultar información sobre el planeta Edén, nos enteramos de que los únicos medios para almacenar datos de que disponen son...¡libros! Una biblioteca enciclopédica formada por volúmenes impresos en papel y encuadernados en tapas duras de piel.
Un escritor de mediados de siglo XX, incluso dando rienda suelta a su imaginación, sacando de ella viajes a otros planetas poblados por extrañas criaturas, no es capaz de imaginar algo que nos resulta tan cotidiano (pero es tan revolucionario) como un dispositivo de almacenamiento de información de gran capacidad que apenas ocupa espacio.
(A lo largo de la novela -curiosamente- los libros de la biblioteca son de gran utilidad a los tripulantes, ya que les sirven para construir una escalera y poder llegar a la puerta de la nave tras el accidentado aterrizaje.)
Ningún lector actual dejará de notar el anacronismo que supone una nave espacial capaz de realizar vuelos interplanetarios que va cargada de libros en los que se almacena el conocimiento y la información disponible.
La mente del escritor pertenece a una época distinta a la que refleja su historia.
Algo así le sucede a la Escuela. Ha sido pensada y diseñada por mentes de otro tiempo, pero sigue surcando el espacio cientos de años después, fiel al Zeitgeist de la época que la vio nacer.
Se proponen reformas y remiendos que, en lo esencial, no afectan al núcleo de la institución. Lo que hizo de la Escuela una institución poderosa e influyente socialmente fue su papel en el acceso a la información, y por ende al conocimiento, en una época en la que era difícil acceder a ella; estaba oculta, codificada. Era necesario adquirir ciertos códigos para acceder al conocimiento, y era la Institución Educativa quien los proporcionaba.
Eso ya no ocurre. El acceso a la información resulta mucho más sencillo desde la aparición de la Red. Además, la cantidad de información disponible de forma casi ubicua es inmensa, inabarcable.
Así pues, está claro que el papel de la Escuela (como sinónimo de Institución Educativa) ya no es guardar la puerta de entrada al mundo del conocimiento. Su papel, en un contexto de fácil acceso a la información, ha de ser otro. Sin embargo, todo en las escuelas, institutos y universidades, está pensado, diseñado, para servir al que fue su fin original. La organización de las escuelas resulta anacrónica.
Hoy en día, ver a nuestros adolescentes cargando con mochilas llenas de libros y cuadernos me resulta anacrónico. El proceso de transmisión de conocimiento -toma de apuntes, dictados, exámenes memorísticos o mecánicos- me resulta anacrónico. Igual de anacrónico que la biblioteca cargada de gruesos volúmenes en la bodega de una nave espacial que surca la galaxia. 
Es preciso reformular el papel de la Escuela, ya que hoy día la manera en la que gestiona la información para convertirla en conocimiento supone un lastre para nuestro alumnado, que al igual que la nave de la historia de Lem, necesita despegar.






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