Sopa de Ganso

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En un relato de Kafka, en un cuadro de Dalí, o en una película de los hermanos Marx, nada es lo que parece. Tampoco en la Escuela. La disociación entre la legislación educativa en vigor, producto del espíritu de nuestro tiempo, y las prácticas reales que tienen lugar en las aulas —herederas del Zeitgeist decimonónico— es cada vez mayor.

La patafísica parece ser el único asidero intelectual para un cuerpo docente que desconfía tanto de la pedagogía cuanto de los organismos educativos nacionales o supranacionales.

La organización escolar, la distribución del alumnado, de las materias, las metodologías empleadas, la forma de evaluar, se rigen por un currículum oculto, tácito. Del mismo modo que Aldous Huxley hablaba de una philosophia perennis, que corre el velo de lo aparente para descubrir la realidad oculta e intemporal, así el profesorado participa de la idea de que la enseñanza, el modo de enseñar, es intemporal e idéntico a sí mismo siempre, con independencia del contexto, y que las leyes educativas y las ideas pedagógicas son sólo un velo que oculta la realidad, que impide contemplarla en su desnudez. Se podría hablar de una pedagogía perennis, siguiendo el símil.

La Orden ECD/65/2015, de 21 de enero, por la que se describen las relaciones entre las competencias, los contenidos y los criterios de evaluación de la educación primaria, la educación secundaria obligatoria y el bachillerato propone al profesorado, en su Anexo II, una serie de orientaciones metodológicas para propiciar un cambio en el papel (hasta ahora mayoritariamente transmisor de información) de los y las docentes.

Los métodos —leemos— "deben partir de la perspectiva del docente como orientador, promotor y facilitador del desarrollo competencial en el alumnado; además, deben enfocarse a la realización de tareas o situaciones-problema, planteadas con un objetivo concreto, que el alumnado debe resolver haciendo un uso adecuado de los distintos tipos de conocimientos, destrezas, actitudes y valores."

Se citan en dicha Orden, con nombres y apellidos, metodologías como el aprendizaje cooperativo, el trabajo por proyectos, el aprendizaje basado en problemas, los centros de interés o el estudio de casos, como las más adecuadas para el objetivo que se pretende conseguir.

Si uno se da un paseo por un instituto de Secundaria y entra, al azar, en algún aula, es muy poco probable que encuentre a un o una docente “facilitando el desarrollo competencial del alumnado”. Lo más probable es que lo encuentre dictando, disertando mientras el alumnado sestea o alborota, llenando la pizarra de números, poniendo negativos y positivos mientras se corrigen los deberes del día anterior o vigilando un examen.
Es muy raro toparse con docentes que estén utilizando las metodologías que se citan más arriba (otra cuestión es que los pocos que lo hacen tengan mucha visibilidad en la red y en otros medios).
La realidad se parece muy poco a lo que proponen las autoridades educativas.

En estos días de evaluaciones iniciales, en los que (según la ORDEN de 14 de julio de 2016, por la que se desarrolla el currículo correspondiente a la Educación Secundaria Obligatoria en la Comunidad Autónoma de Andalucía, se regulan determinados aspectos de la atención a la diversidad y se establece la ordenación de la evaluación del proceso de aprendizaje del alumnado)el profesorado (durante el primer mes de cada curso escolar) realizará una evaluación inicial de su alumnado mediante los procedimientos, técnicas e instrumentos que considere más adecuados, con el fin de conocer y valorar la situación inicial de sus alumnos y alumnas en cuanto al nivel de desarrollo de las competencias clave y el dominio de los contenidos de las materias de la etapa que en cada caso corresponda”, es muy raro ver a algún docente que dedique más de un día a esta evaluación. Más difícil aún es toparse con alguno o alguna que utilice técnicas o procedimientos variados para medir competencias. Es decir, que vaya más allá del examen clásico (quizá descargado de Internet o fotocopiado del libro) que sólo mide la adquisición de algunos contenidos.

¿Deberíamos fiarnos de lo que ven nuestros ojos en los institutos y escuelas, o de lo que nos dice la normativa y los elaboradísimos informes de organismos internacionales?

En la película “Sopa de Ganso” (1933), protagonizada por los hermanos Marx, asistimos a este diálogo entre Chicolini (personaje que interpreta Chico Marx) —que va disfrazado de Firefly (personaje que interpreta Groucho)— y la Sra. Teasdale:
  • SRA. TEASDALE: Creí que se había ido.
  • CHICOLINI (vestido como FIREFLY): No, sigo aquí.
  • SRA. TEASDALE: Lo vi salir con mis propios ojos.
  • CHICOLINI (vestido como FIREFLY): ¿A quien va a creer? ¿A mí, o a sus propios ojos?





9 comentarios:

  1. Cuánta razón. Además tanto movimiento en las redes sociales confunde y frustra.Leo cada día tantas cosas interesantes que pienso: ¿donde están todos esos docentes que hacen grandes cosas y tantos compañeros que aplauden sus ideas? ¿Me ha tocado a mí el centro decimonónico? Pero no, lo único es que toda esta vorágine de redes sociales magnifican la realidad y te hacen sentir que la tuya es más triste, pero reflexionando y leyendo artículos como este te das cuenta que la gran mayoría de centros viven en el pasado y con poca intención de cambio. Y hay días en los que no sabes si tirar la toalla o pelear con uñas y dientes para sacar adelante nuevas ideas y formas de hacer las cosas. Gracias por el artículo.

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  2. Muy ilustrador, como siempre, Aitor. Muchas gracias por ponerme a pensar y moverme a actuar.

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  3. Muy ilustrador, como siempre, Aitor. Muchas gracias por ponerme a pensar y moverme a actuar.

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  4. Gracias a ti, José Luis, por leerme y darme tu opinión.

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  5. Estupendo post Aitor. Es lo que tenemos en las aulas a diario y no hay manera de cambiarlo. Ni se te ocurra intentarlo, serías el raro. Pero para salir a su hora si siguen la normativa, ¿no?

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  6. Totalmente de acuerdo con todos vosotros, contigo Aitor y con los comentaristas. Pero creo que merece la pena ser el raro, nuestros alumnos se lo merecen. Entramos en bucle y es difícil salir de él. Lo malo de todo es que al final, reducimos todo nuestro esfuerzo, nuestro proceso de enseñanza y el aprendizaje de los niños a un sólo número. Así nos va.

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