Ejercicios para el endurecimiento del espíritu

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Nada más entrar en el Instituto, decidieron separar a los gemelos C. y L., ponerlos en clases diferentes. "No deben estar juntos", dijo el experto en psicología infantil, "deben aprender a ser independientes". Se asignó a C. la clase más alejada de L., como si tuvieran miedo a una unión telepática o a una vibración por simpatía.
C. y L. fueron sometidos a la habitual rutina de un instituto: inmovilidad, silencio, disciplina. La aceptaron sin pestañear.
Acudían los hermanos cada día a clase y, sin decir palabra, se separaban en la puerta. Jamás abrían la boca en clase ni se movían de su sitio. Aguantaban estoicamente las seis horas de su jornada escolar sin protestar.
Al principio se pensó en ellos como alumnos modélicos: callados, sumisos, quietos, parecían perfectos.
Pasado un tiempo varios maestros dieron la voz de alarma. "C. y L. no oyen ni ven nada de lo que tienen delante. No responden ni siquiera cuando se les pregunta". "C. y L. son insensibles a todo lo que les rodea". Este tipo de afirmaciones comenzaron a oírse entre sus maestros.
Intrigado por estos comentarios decidí entrevistarme con su familia. Tras varios intentos infructuosos, conseguí conversar con la abuela de los gemelos. Averigüé que eran huérfanos y que la abuela los había criado. Me habló de ellos con indiferencia, en ocasiones rayando en el desprecio. "Son muy brutos", me dijo. 
En una segunda entrevista la abuela me contó que cuando los gemelos se enteraron de que en el Instituto la política habitual era separar a los hermanos, a los amigos, intentar desgajar a cada alumno de su contexto, de aquello que -al acogerle- le define y forma parte de su personalidad, de su yo, decidieron adelantarse. Sus amigos mayores les habían contado que en el Instituto no se procura la felicidad del alumnado, sino que se busca hacer "tabla rasa" de sus gustos, sus expectativas, para servir a un orden que facilite la tarea del profesor. La tristeza ayuda al aprendizaje, concluyeron los gemelos.
Llegaron a un acuerdo entre ellos y se pusieron manos a la obra. "Nos adelantaremos a los maestros", pensaron. Comenzaron así sus ejercicios para el endurecimiento del espíritu, tal como los denominaron. Decidieron practicar la separación, para que no doliera. Dejaron de hablarse, de buscarse para compartir sus emociones. Dejaron de defenderse uno al otro, ya que no se tendrían cerca. Practicaron la soledad, el silencio, la inmovilidad, hasta alcanzar un alto grado de insensibilidad. Ya estaban preparados para entrar al Instituto.

[Homenaje a Agota Kristof]

Lectura recomendada: "La educación de los niños", Gustavo Martín Garzo


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