El Libro Blanco del hombre blanco

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José Luis Pardo describe, en La regla del juego, al explorador o antropólogo como la persona que redacta un catálogo de las normas implícitas de una comunidad concreta, haciéndolas así explícitas.
Todo el mundo, propone Pardo, juega a algo (los economistas, los amantes, los automovilistas, los estudiantes, los docentes...) y jugar consiste en interactuar con otros siguiendo ciertas reglas, las del juego al que se juegue.
En el caso de la comunidad docente, el Libro Blanco recientemente publicado ha venido a poner en cuestión muchas reglas tácitamente asumidas. El simple hecho de llamar la atención sobre el papel que desempeñan los jugadores en el juego viene a revelar que el juego está obsoleto.
El problema es que el explorador, el antropólogo que se ha introducido entre la tribu docente, aporta una visión externa. Siguiendo el símil de Pardo, hace explícitas las reglas (implícitas) que rigen la vida social de la tribu y eso para los nativos es casi un sacrilegio.
Es probable que este Libro Blanco genere desconfianza entre los docentes. Y no porque lo que se dice en él sea muy diferente de lo que se puede leer en los documentos sobre la docencia que publican la OCDE o la UNESCO. De hecho, es casi imposible no estar de acuerdo con lo que se lee en su introducción, "La realidad y el deseo" (la sombra de Cernuda es alargada). 
El inconveniente es que una vez másel colectivo de docentes tendrá la sensación de ser la tribu que se estudia desde fuera, víctima del etnocentrismo del explorador. No se ha encargado a los y las profesionales que pisan las aulas la elaboración de este documento y eso se vive en los claustros como la penúltima afrenta. El profe medio es como el indígena que está harto de que le vendan bisutería a precio de oro y no se fía ya del "hombre blanco".
La visión pedagógica que propone la asunción de las competencias básicas como eje del currículo y que se apoya en documentos como Replantear la educación, de la UNESCO, no termina de cuajar entre los docentes porque se contempla como algo impuesto, ajeno a la cultura de la tribu. 
Lo preocupante es que resulta vital asumir esta visión de la enseñanza para no perder (otra vez) el tren de la educación en nuestro país. Necesitamos que se oiga la voz de los y las docentes que innovan todos los días en sus aulas. Son los auténticos expertos.
No es cierto que no se quieran cambiar las reglas del juego. Lo que ocurre es que los docentes, los que juegan el juego, quieren ser los protagonistas de ese cambio.

Imagen: David Foldvari
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