No estoy loco, mi madre me hizo pruebas

5 comments
A Sheldon Cooper le cuesta entender las relaciones sociales, los significados implícitos, los sobreentendidos, el sarcasmo, las emociones...Es un tipo raro, maniático y difícil de soportar. A menudo le dicen que está loco, sin embargo él tiene clarísimo que no es así. ¿Por qué? Su madre le llevó a que le hicieran pruebas. Tiene papeles que así lo acreditan. Ha sido evaluado y los expertos han emitido un veredicto. El resultado de esa evaluación es lo que cuenta, no sus actos.
El doctor Cooper no se para a analizar su comportamiento, simplemente usa el argumento de autoridad de las pruebas.
Algo así ocurre con la evaluación en los Institutos de Secundaria. Sólo cuenta lo que está certificado en un papel. Evaluar es clasificar. Es un simulacro de realidad, un intento vano de organizar el caos en categorías.
Una alumna es "mala" porque lo dice un número en un papel. Se lo cree. El simulacro acaba influyendo en la realidad, achatándola hasta hacerla pasar por el estrecho túnel de la evaluación.
Cualquier docente sabe que la evaluación no es un acto aséptico. Detrás de la forma de evaluar hay ideología, hay emociones, a veces tácitas y otras explícitas.
Podemos decir que la evaluación es el corazón del proceso de enseñanza y aprendizaje, la prueba del algodón de cualquier práctica docente.
Como a Sheldon, a nuestros estudiantes sólo les interesa el resultado de la evaluación, no cómo se comportan en relación al conocimiento. Importa el título, el certificado. La evaluación se convierte en un valor de cambio, como dice Miguel Ángel Santos Guerra.
Da igual que planteemos proyectos, tareas o cualquier metodología activa para que el alumnado sea el protagonista en la construcción del conocimiento, si luego evaluamos con un examen en el que hacemos preguntas que no requieren activar procesos cognitivos valiosos, profundos y duraderos, estamos promoviendo una evaluación resultadista. El alumnado capta enseguida que lo importante es lo que cuenta para la nota, lo que entra en el examen. Por eso a veces nos frustramos si nuestro alumnado no se implica en otras tareas que nos resultan más motivadoras. La culpa es nuestra. Saben que les pondremos, más o menos, la nota que saquen en el examen, así que, ¿por qué esforzarse en otras actividades?
Debe haber coherencia entre lo que queremos enseñar y la manera de medirlo.
Aunque a lo mejor me equivoco, porque a mí no me han hecho pruebas. 
PD: Si te interesa la evaluación, pásate por EvaluAcción


Con la tecnología de Blogger.