Un gesto hitita

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Cuenta Chesterton, en El regreso de don Quijote, que cuando pidieron a Mr. Herne, bibliotecario de la abadía de Seawood, que interpretara un pequeño papel —apenas doce líneas— en una obra de teatro ambientada en la corte británica del siglo XII, el erudito no quiso aceptar la invitación.

—Lo siento de todo corazón —dijo—, crean que me encantaría ayudarles, pero esa obra no trata de mi época

Todos se quedaron perplejos ante la respuesta e intentaron convencerle argumentando que se trataba de algo muy simple, un pequeño esfuerzo para su memoria.

El sabio, a la sazón el mayor conocedor de la época paleohitita, insistió en que no conocía la Edad Media y que, por fuerza, eso se notaría en el mínimo gesto. Si fuera una obra ambientada en la civilización hitita, se sentiría cómodo, pero desconocía cómo habría de pensar un hombre del medievo. Así, seguramente, haría algún gesto que no fuera medieval.

—Todo el mundo diría, nada más verme, “ese es un gesto hitita”.

Últimamente me asombro cada vez que acudo a jornadas o eventos relacionados con la Educación. Abundan los ponentes y arbitristas cuyos gestos, como decía el personaje de Chesterton, delatan que son ajenos a lo que representan.

Es curioso que en los foros en los que parece que los que hablan conocen las soluciones a los problemas que entorpecen la mejora de la educación, estén ausentes estudiantes y docentes, los verdaderos protagonistas de ese acto de fe que llamamos enseñanza.

Se queda uno perplejo escuchando a sabios de relumbrón y a gentes que trabajan en despachos y que no pasan ni un minuto frente a esos chicos y chicas cuyos problemas dicen saber solucionar.

Los o las docentes pueden tener distintas visiones sobre la educación o usar metodologías varias, pero nunca traslucen desconocimiento cuando hablan de educación. 
  
Sin embargo, cuando se discute de educación en espacios públicos, jornadas y eventos varios, se ven muchos, demasiados, "gestos hititas".



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