sábado, 11 de febrero de 2012

Todo cambia


Revista Beast
Muchos han reflexionado, desde Heráclito hasta Julio Numhauser, sobre lo inevitable de los cambios.
Nuestro mundo ha cambiado mucho en las últimas décadas y, además, los cambios son cada vez más rápidos, lo que provoca cierto vértigo.
En una sociedad hiperconectada, las relaciones y la gestión de la información han generado necesidades que antes no existían.
Todo ello no es ajeno al modo en el que aprendemos y enseñamos. Nuestros estudiantes tienen necesidades diferentes a las que tenían anteriores generaciones. El papel de la Escuela, si es que tiene alguno, es —en mi modesta opinión— ser capaz de dotar a los estudiantes de todo aquello que necesitarán para satisfacer sus necesidades de aprendizaje, culturales, emocionales...a lo largo de su vida.
Enseñar al alumnado a callar primero y a repetir después lo que ha dicho el magister, no satisfará ninguna de sus necesidades de aprendizaje. La Escuela es una institución —todas lo son— tremendamente conservadora, más allá de que las sucesivas reformas legales amparen, e incluso fomenten, la innovación pedagógica. Y lo es porque los egresados del sistema educativo como triunfadores, los que mejor se adaptaron al palo y la zanahoria, vuelven como sucesores de sus maestros y, lógicamente, quieren poner en práctica aquello que les proporcionó placer y triunfo en su etapa de estudiantes.
Me llama mucho la atención que personas que contemplan como natural y deseable la evolución de la sociedad, de las relaciones sociales, personas a quienes el uso de la tecnología ha cambiado su forma de relacionarse y de pensar, se vuelven de lo más conservadoras en materia educativa. Consideran a la Escuela como un ente situado fuera del tiempo, ajeno a los cambios, que siempre ha sido igual y que lo seguirá siendo. Quizá esté relacionado con el hecho de que la infancia es el territorio del mito, de los comienzos, y, por lo tanto, lo que se relaciona con ella —y ese es el caso de la Escuela— no puede (ni debe) cambiar.
La Escuela, pues, pretende no contaminarse con los virus que circulan por Internet.
El educativo es un sistema fuertemente estructurado y quiere hacernos partícipes de la falacia de que la Educación sólo puede ocurrir en su seno. No se trata en absoluto de negar el valor de la educación formal, ni mucho menos. Simplemente pretendo enunciar la perogrullada de que el aprendizaje formal, estructurado, no tiene la exclusiva del conocimiento, y ahora menos que nunca.
El historiador de la ciencia Peter Galison reflexionó sobre la relación entre el pensamiento y los gadgets que utilizamos y llegó a la conclusión de que estos últimos influyen en el primero. Es decir, que las herramientas que usamos para aprender definen y moldean la forma en que gestionamos la información. Por eso he escrito “ahora menos que nunca”, porque la tecnología está alterando el modo en el que aprendemos.
El choque entre un alumnado nativo y un profesorado visitante de las tecnologías digitales no es de los menores que ocurren en nuestra Escuela. El profesorado, en su mayoría, es voluntarioso en su acercamiento a las nuevas tecnologías, pero no acepta que se pueda producir, gracias a ellas, un vuelco en las relaciones de poder entre docente y alumnado. Hay miedo a lo desconocido, al caos.
George Siemens nos habla de ecologías de aprendizaje como entornos en los que surge el conocimiento a través de conexiones y de diversidad de fuentes y las caracteriza como “libres, inarticuladas, dinámicas, adaptables, confusas y caóticas”. Más adelante define la tarea de cualquier formador: “crear y fomentar una ecología del aprendizaje que permita que los aprendices mejoren con rapidez y eficacia con respecto a su punto de partida”.
Esta visión del aprendizaje hace hincapié en las redes sociales como intercambios y flujos de información entre personas (no entre ordenadores o máquinas).
Resulta también importante la libertad de elección para utilizar diferentes sistemas y herramientas que satisfagan las necesidades de cada persona. Así, el aprendiz desarrolla un Entorno Personal de Aprendizaje (PLE) que incluye las herramientas y servicios que emplea para adquirir conocimiento.
El corolario más evidente que se desprende de todo esto es que el estudiante, el aprendiz, no es un recipiente más o menos vacío que haya que “llenar” de conocimientos, sino que lo realmente importante es cómo se aprende, cómo podemos facilitar ese proceso.
¿Qué harás con todo esto?