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| Revista Beast |
Muchos
han reflexionado, desde Heráclito hasta Julio Numhauser, sobre lo inevitable de los cambios.
Nuestro
mundo ha cambiado mucho en las últimas décadas y, además, los
cambios son cada vez más rápidos, lo que provoca cierto vértigo.
En
una sociedad hiperconectada, las relaciones y la gestión de la
información han generado necesidades que antes no existían.
Todo
ello no es ajeno al modo en el que aprendemos y enseñamos. Nuestros
estudiantes tienen necesidades diferentes a las que tenían
anteriores generaciones. El papel de la Escuela, si es que tiene
alguno, es —en mi
modesta opinión— ser
capaz de dotar a los estudiantes de todo aquello que necesitarán
para satisfacer sus necesidades de aprendizaje, culturales,
emocionales...a lo largo de su vida.
Enseñar
al alumnado a callar primero y a repetir después lo que ha dicho el
magister, no satisfará ninguna de sus necesidades de
aprendizaje. La Escuela es una institución —todas
lo son— tremendamente
conservadora, más allá de que las sucesivas reformas legales
amparen, e incluso fomenten, la innovación pedagógica. Y lo es
porque los egresados del sistema educativo como triunfadores, los que
mejor se adaptaron al palo y la zanahoria, vuelven como sucesores de
sus maestros y, lógicamente, quieren poner en práctica aquello que
les proporcionó placer y triunfo en su etapa de estudiantes.
Me
llama mucho la atención que personas que contemplan como natural y
deseable la evolución de la sociedad, de las relaciones sociales,
personas a quienes el uso de la tecnología ha cambiado su forma de
relacionarse y de pensar, se vuelven de lo más conservadoras en
materia educativa. Consideran a la Escuela como un ente situado fuera
del tiempo, ajeno a los cambios, que siempre ha sido igual y que lo
seguirá siendo. Quizá esté relacionado con el hecho de que la
infancia es el territorio del mito, de los comienzos, y, por lo
tanto, lo que se relaciona con ella —y
ese es el caso de la Escuela—
no puede (ni debe) cambiar.
La
Escuela, pues, pretende no contaminarse con los virus que circulan
por Internet.
El
educativo es un sistema fuertemente estructurado y quiere hacernos
partícipes de la falacia de que la Educación sólo puede ocurrir en
su seno. No se trata en absoluto de negar el valor de la educación
formal, ni mucho menos. Simplemente pretendo enunciar la perogrullada
de que el aprendizaje formal, estructurado, no tiene la exclusiva del
conocimiento, y ahora menos que nunca.
El
historiador de la ciencia Peter Galison reflexionó sobre la relación
entre el pensamiento y los gadgets que utilizamos y llegó a la
conclusión de que estos últimos influyen en el primero. Es decir,
que las herramientas que usamos para aprender definen y moldean la
forma en que gestionamos la información. Por eso he escrito “ahora
menos que nunca”, porque la tecnología está alterando el modo en
el que aprendemos.
El
choque entre un alumnado nativo y un profesorado visitante de las
tecnologías digitales no es de los menores que ocurren en nuestra
Escuela. El profesorado, en su mayoría, es voluntarioso en su
acercamiento a las nuevas tecnologías, pero no acepta que se pueda
producir, gracias a ellas, un vuelco en las relaciones de poder entre
docente y alumnado. Hay miedo a lo desconocido, al caos.
George Siemens nos habla de ecologías de aprendizaje como entornos
en los que surge el conocimiento a través de conexiones y de diversidad
de fuentes y las caracteriza como “libres, inarticuladas,
dinámicas, adaptables, confusas y caóticas”. Más adelante define
la tarea de cualquier formador: “crear y fomentar una ecología del
aprendizaje que permita que los aprendices mejoren con rapidez y
eficacia con respecto a su punto de partida”.
Esta
visión del aprendizaje hace hincapié en las redes sociales como
intercambios y flujos de información entre personas (no entre
ordenadores o máquinas).
Resulta
también importante la libertad de elección para utilizar diferentes
sistemas y herramientas que satisfagan las necesidades de cada
persona. Así, el aprendiz desarrolla un Entorno Personal de Aprendizaje (PLE) que incluye las herramientas y servicios que emplea
para adquirir conocimiento.
El
corolario más evidente que se desprende de todo esto es que el
estudiante, el aprendiz, no es un recipiente más o menos vacío que
haya que “llenar” de conocimientos, sino que lo realmente
importante es cómo se aprende, cómo podemos facilitar ese proceso.
¿Qué harás con todo esto?
¿Qué harás con todo esto?
