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| Fanzine Pez |
El treinta de abril de 1941, Borges cenaba en la calle Garay con Carlos Argentino Daneri, primo hermano de su adorada Beatriz Viterbo y encargado de una biblioteca en los arrabales del sur. La muchacha
—alta,
frágil, trasunto de la amada de Dante— había muerto una candente mañana de febrero de 1929. Desde entonces, el escritor visitaba la casa familiar una vez al año para renovar su devoción sin esperanza.
En aquella velada primaveral, Daneri emprendió una vindicación del hombre moderno:
—Lo evoco —dijo con una animación algo inexplicable— en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Días más tarde, el escritor descubrió que tales ideas —que a la sazón le parecieron vanas y pomposa su exposición— provenían del hallazgo por parte del fatuo bibliotecario del Aleph en el sótano de la casa familiar.
—¿El Aleph?— preguntó Borges.
—Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos— contestó con melancolía el primo de Beatriz Viterbo.
Ese inefable objeto, extraordinario observatorio del universo, lo utilizó Daneri para escribir un farragoso y pedantesco poema que Borges escuchaba con paciencia.
Ese Aleph, tal como me lo describió Borges cuando me encontré con él años más tarde en un banco de Hyde Park, me pareció una prefiguración de Internet.
—En él está todo desde todos los ángulos— me aseguró.
—En él está todo desde todos los ángulos— me aseguró.
Ese maravilloso objeto que a Borges le produjo infinita veneración, para Daneri fue sólo un almacén de materiales para construir su absurda y espantosa obra.
Un descubrimiento puede abrir las puertas a una nueva forma de mirar o contribuir a adornar hasta el barroquismo una visión que ya existe, para lo cual resultaría redundante e inservible.
NOTA:
Los
personajes de Borges, Daneri y Beatriz Viterbo son ficticios, jamás
existieron. Tampoco existe la calle Garay. Lo único cierto es que el
interminable poema del falso escritor recibió el Premio Nacional de
Literatura y que leí El Aleph en un banco de Hyde Park, en Londres.
