Terminamos un trimestre en el que se han desatado las emociones en la clase de Lengua. El proyecto de escritura que les propuse a mis sufridos alumnos y alumnas de 1º de ESO se llamaba "La historia de mi vida". El resultado final tenían que presentarlo oralmente, ante el resto de la clase.
Les propuse dejar de lado el libro de texto, usarlo solo para mirar algún aspecto puntual y, aunque no tenemos internet en clase, investigar sobre ciertos aspectos de la vida de cada uno.
Tuvieron que preguntar a sus familias, averiguar cosas de su pueblo -pararse a contemplarlo quizá por primera vez- pero, sobre todo, tenían que bucear en sus recuerdos, en sus sentimientos y emociones. Con todo ese material, prepararon una presentación de diapositivas.
Me iba dando cuenta de que algunos se sumergieron en este proyecto con auténtica pasión. Otros me comentaban que se estaban enterando de muchas cosas de su pueblo e incluso de su familia, de sus padres, que antes no sabían. En definitiva, que estaban aprendiendo, lo cual me iba dando pistas de que no andaba muy desencaminado.
No he publicado las presentaciones por expreso deseo de la mayoría, ya que se incluían aspectos muy personales.
A la hora de las presentaciones pasamos algunas sesiones muy intensas, los sentimientos iban aflorando y yo notaba que los grupos (con alguna excepción, por supuesto) se iban uniendo, conociendo mejor. Nos reímos mucho, nos emocionamos con historias de la infancia y hasta tuvimos las lágrimas asomando por los párpados escuchando la historia de una niña que nos impresionó a todos.
Así terminamos el trimestre sintiendo que nos conocíamos mejor y, ¿por qué no decirlo?, aunque no esté muy bien visto hablar de emociones, que nos sentíamos más cercanos.
Cuando pasé a mi alumnado un cuestionario para valorar la actividad (creo que este paso no se debe dejar nunca de lado, es interesantísimo conocer sus opiniones) una alumna respondió a la pregunta de si habían tenido suficiente ayuda por parte del profesor de una forma que me sorprendió. Respondía que "mucho", pero añadía la coletilla "quizá demasiado".
Me quedé pensativo y, cuando me la encontré en el recreo, le pregunté qué quería decir con aquel "quizá demasiado". Su respuesta me dio aún más que pensar: "repites demasiado las cosas, das muchas instrucciones, el trabajo estaba claro desde el principio, parecía que no confiabas en que supieramos hacerlo".
Seguramente tenía razón, así que para el próximo trimestre me he propuesto darles más autonomía, desaparecer poco a poco una vez que sepan en que consiste el trabajo. Creo que no es un mal propósito.
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