El hombre ha sentido siempre el placer de la repetición. El niño disfruta oyendo muchas veces el mismo cuento, y el adulto no se cansa de escuchar la música que le recuerda momentos señalados de su vida. Comprobar que las cosas suceden como siempre han sucedido y como, sin duda, volverán a suceder, es tranquilizador: la costumbre aleja la incertidumbre y disipa el azar. Quizá por ello nuestros gobernantes se empeñan una y otra vez en remediar mediante cambios legislativos los males de la enseñanza.
Gobierno y oposición, después de dar grandes voces y asestarse terribles puñaladas de guiñol, llaman a rebato a sus huestes y proponen un pacto por la educación.
Una vez más, la educación viene a ser una excusa para escenificar el conflicto entre partidos y para entretener a la parroquia.
Lo más irritante, es que no hay en la enseñanza grandes defectos que corregir ni grandes males que remediar; y además, caso de que los hubiera, no se corregirían con los remedios que los partidos disputan ni las leyes arbitran.
El juego consiste en anunciar remedios, que se saben ineficaces, contra males inexistentes.



